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domingo, 15 de mayo de 2011

Lágrimas.


Nada tiene más valor que una lágrima sentida.

No me importa su composición química ni los efectos que pueda causar en los ojos, solo lo que esconde.
Una lágrima derramada a tiempo puede salvarte de la perdición, de un dolor mucho más profundo que el que puedas sentir en ese momento, de la cobardía y de cientos de llantos futuros carentes de sentido.

Sé que algo me importa cuando noto ese escozor en los ojos, cuando se nubla mi vista y cuando, por fin y aunque intente retenerla durante vidas, una lágrima se desliza por mis mejillas y cae sobre una hoja de papel, mi clavícula o el suelo.
Hay quien piensa que soy llorona por naturaleza, fácilmente depresiva o falsa por el simple hecho de haberme escuchado decir varias veces "he llorado mares" o por haberme visto hacerlo ni una, ni dos, ni tres... sino cuatro veces; no pueden estar más desencaminados.
Odio llorar. Aborrezco esa sensación de sentirme expuesta a cientos de sentimientos a la vez, que aparecen y no se van, que perforan todos los recovecos de mi alma, que gritan por salir y hacerme sentir pequeña... pero creo que no hay nada más puro que eso.
Yo lloro cuando me rompo, cuando alguien me clava un alfiler donde aún no hay diamante, cuando me siento demasiado cansada para buscar una aguja e inyectarme algo de moral, cuando el tiempo parece jugarme una mala pasada y no querer ir hacia atrás...

¿Cómo puede una lágrima acabar en un pañuelo lleno de mocos? ¿Cómo somos capaces de arrojarla a la basura sin pensar qué hay detrás, que se esconde y a dónde nos llevará?
Lo dejaría todo por alguien que me regalara una sola lágrima pura, por alguien sin temor a las represalias que esta tenga, por alguien con el valor de decirme: "tómala, la he llorado solo para ti".